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martes, 15 de diciembre de 2009

Psicología: La fobia social y las fiestas de fin de año, por la licenciada Patricia Gubbay de Hanono (*)

Diciembre no es un mes como cualquier otro. Tiene características que lo hacen único. Es el último del año, y como es tradición en nuestra cultura en fin de año HAY QUE FESTEJAR.

Y como hay que festejar, se festeja en todos lados: con los amigos, con los compañeros de trabajo, con la familia, con la comunidad religiosa si es que se pertenece a alguna; en el club, country o con los del barrio y en cualquier lugar al que uno pertenezca.

Además de fin de año, en la Argentina, la mayoría también celebra Nochebuena y Navidad. Fiestas, fiestas y más fiestas.

Desde noviembre comienzan los preparativos, pensar el lugar, las fechas, los regalos, y todo lo relacionado con estos acontecimientos está incluido en la agenda de todos las personas sin distinción de edad y sexo.

Pero como la realidad no tiene una sola cara, hay otras personas para quienes el sólo pensar en las fiestas los hace sentir muy mal, muy mal. Sufren, y mucho.

Algunos, porque no tienen adónde ir. Tal vez, han evitado tanto tiempo el relacionarse con los otros que se han quedado sin red social. Comparten los espacios con otros seres humanos pero no interactúan; se autoexcluyen. Cuando esta conducta se repite una y otra vez, quedan condenados a una soledad no deseada.

Sin llegar a ese extremo, otros tienen familiares que festejan y tiene adónde ir; sin embargo, al pensar que deberán asistir a una reunión social quedan al borde de un ataque de pánico. Para estas personas diciembre es el peor mes del año, porque deben confrontar con su dificultad: el temor a relacionarse con otras personas.

Quienes no sienten este miedo se les hace imposible comprender los sentimientos, pensamientos y conductas de quienes sí los tienen. Piensan que estas personas no están interesadas en asistir a reuniones e interactuar con otros, pero nada está más lejos de la verdad.


Ellos quieren, pero no pueden. Cuando lo intentan comienza el calvario, sienten que el corazón se les va a escapar por la boca, que si comienzan a hablar la voz les va a empezar a temblar, que se van a poner colorados como un tomate y que todos van a pensar que son tarados, estúpidos y anormales. Pero eso sólo es el principio, después viene la peor parte, la escena temida: todos riéndose de él a carcajadas y sin parar, él que quisiera que la tierra lo trague pero eso no sucede, la tortura no para.

Algunos podrán decir que estoy exagerando pero no es así. Estas personas saben que estos temores son irracionales, locos, pero no pueden evitar sentir y pensar de ésta manera. La conducta de evitar aquellas situaciones que despiertan éste tipo de reacciones es absolutamente coherente.

El retirarse del mundo quedarse en casa, cómodo y seguro empieza a ser la mejor opción. Pero nuevamente nos enfrentamos a la otra cara. El retraerse es seguro pero al mismo tiempo significa firmar la condena de la soledad no deseada.

Esta no es una manera de SER, es una forma de ESTAR en el mundo que puede ser cambiada. Existen tratamientos para vencer el miedo a los otros y recuperar el aspecto espontáneo y divertido que perdimos, en algún momento del camino, sin saber muy bien cuando o dónde.

En nuestra institución, realizamos terapias grupales con técnicas teatrales que son muy efectivas para trabajar con éstos miedos y poder recupera la posibilidad de formar parte del mundo sin que esto signifique internarse en la peor de las pesadillas.

(*) La autora de la columna, la licenciada Patricia Gubbay de Hanono, dirige Hémera, centro de estudios del estrés y la ansiedad.

Más información en www.hemera.com.ar.

jueves, 30 de julio de 2009

Adultos hiperconectados: El desafío de encontrar el punto de equilibrio, por la Lic. Gisela Holc (*)

No es raro observar hombres y mujeres que ni al salir de vacaciones pueden “desenchufarse” ya que están pendientes de los teléfonos móviles y computadoras portátiles. Más allá de los periodos vacacionales, que son tiempos acotados, ¿qué sucede cada día?

Si nos pusiéramos a sacar cuentas: ¿cuántas horas por día estamos pendientes o sentados a nuestras computadoras? No me refiero a motivos laborales sino a contactos de chat, mails, Facebook, internet, etcétera.

¿Cuántas horas al día? Multipliquemos eso por 7 ¿cuánto implica en horas semana? ¿Y cuánto es en horas mes?

Pero, ¿con quién se conectan estas personas que pasan 40 (o más) horas al mes sentados frente a su computadora? Mas allá de con quién, deberíamos preguntarnos ¿qué es conectarse? ¿Tener 256 contactos en Facebook es estar más conectado? ¿Es tener más amigos? ¿Es ser más popular?

¿A quién o a qué le restamos estas horas?
¿Qué haríamos esas horas que estamos “on line”? Estaríamos más tiempo con nuestros hijos, estaríamos leyendo un libro, estaríamos conversando con nuestras parejas, tomando un café con un amigo o yendo a almorzar con mamá.

Si bien no es la cantidad de tiempo lo que hace a la calidad de un compartir, también es verdad que sin tiempo no hay compartir posible.

¿Qué estaríamos haciendo, cómo se viviría hoy sin esos nuevos recursos? Hagamos el ejercicio de pensar o imaginar como podríamos vivir hoy sin la aparatología de la comunicación. Es casi difícil de imaginar. Pero pensemos y recordemos como vivían nuestros padres y abuelos años atrás... ¡Se podía!

Creo que es imposible quedar al margen de la vida internetizada, ya que de algún modo implicaría quedar por fuera del sistema, y más allá de lo ideal, esto es real. Ahora lo que si nos podemos plantear es la medida: cuál es el punto justo para no caer en el exceso. El desafío sería encontrar el punto de equilibrio.

Cuantos más canales de comunicación abrimos: estamos más comunicados o simplemente estamos más disociados, con dificultad en integrar diferentes aspectos de nuestras vidas. La intención de abrir más canales de comunicación pareciera ser la solución que muchos encuentran frente a la gran demanda y exigencias actuales, pero reveamos la medida, pues pareciera ser que lo que aparentemente soluciona por un lado, nos estresa enormemente por otro, y cuando hablamos de estrés hablamos de salud (o enfermedad), y vale que nos preguntemos en la sinceridad de nuestros diálogos interiores, cuanto estamos dispuestos a sacrificar de nosotros mismos y de nuestros afectos, y en pos de que lo hacemos.

Plantearnos y pensamos en una búsqueda de equilibrio donde podamos no caer del sistema pero no quedar atrapados en él. Donde podamos utilizar estos objetos en tanto recursos y no en tanto adicciones. Donde seamos nosotros quienes utilicemos esos recursos y no los recursos (o empresas detrás de esos recursos), quienes nos utilizan a nosotros para sus propios negocios. Por momentos, pienso que somos rehenes de los grandes negocios, de las grandes empresas... de otros.

Vivimos en una vorágine que nos impulsa a estar conectados o sintonizados con el afuera, con las demandas del medio social, laboral, económicos, consumista, etcétera. Qué nos esta sucediendo que en pos de pertenecer a cierto grupo de elite nos estamos desconectando de nosotros mismos, de nuestros hijos, de nuestros valores y principios.

Esto lo vemos en nuestras consultas en Hémera ya que, al especializarnos en trastornos de ansiedad y estrés que son las demandas de los tiempos actuales, vemos a los pacientes inmersos en una rutina aturdida de actividades y demandas, laborales, sociales, familiares y de todo tipo. Vemos que por sintonizar hacia fuera van perdiendo el registro de su interior, de sus necesidades individuales.

Así van apareciendo síntomas físicos y emocionales: estos nos están avisando que algo pasa, que algo se salió de cause. Vemos que las personas con el afán de cumplir sus exigencias se van desconectando, intentan callar al propio cuerpo, anestesiar sus emociones. La propuesta terapéutica que proponemos en Hémera, apunta a recuperar la sensibilidad, a registrar los indicios del soma y aprender a decodificarlos adecuadamente, para apuntar a la integración del cuerpo/mente.

Vivimos en automático cuando perdemos el sentido de lo que hacemos, cuando perdemos la coherencia entre lo que pensamos, sentimos y lo que hacemos.

Poder parar y pensar. Parar y sentir. Parar y hacer. Hacer disfrutando. Poder recuperar la capacidad del placer es un desafío que en estos tiempos de crisis e incertidumbres pareciera perder lugar, pero si perdemos el sentido de nuestras vidas, caemos en el vacío, y el vacío es angustia, genera ansiedad. Podemos recuperarlo para ser nosotros mismos los dueños y administradores de nuestras vidas, para poder ser personajes principales en nuestras propias biografías.

(*) La autora de la columna, la licenciada Gisela Holc, integra el equipo terapéutico de Hémera, centro de estudios del estrés y la ansiedad.

Más información en www.hemera.com.ar e info@hemera.com.ar.

lunes, 13 de julio de 2009

Receso escolar puede servir para recuperar el vínculo entre padres e hijos, dice Julieta Tojeiro (*)

En estos días, los argentinos estamos más llenos de confusión e incertidumbre que lo habitual, con preocupaciones sobre cosas que antes ni nos cuestionábamos, bombardeados por los medios de comunicación con datos e información que nos dan terror.

En este contexto, la denominada gripe A nos obligó a reorganizarnos con los hijos sin escuelas, sin actividades deportivas, sociales o artísticas. Nos ha obligado a guardarnos, a refugiarnos en nuestros hogares. Y esto, indefectiblemente, nos invita a reencontrarnos con nuestros vínculos, a priorizar, a reorganizarnos con el trabajo, a pensar que las cosas podrían cambiar radicalmente nuestra vida, a detenernos y no continuar viviendo la vida como la veníamos viviendo.

La necesidad de protegernos y proteger a nuestros hijos nos confronta con una rutina diferente: días en los que ya no corremos de una actividad a otra llevando a los chicos del colegio a fútbol, luego a inglés y a casa a hacer la tarea, baño, cena y a dormir. Jornadas agotadoras que impedían la charla relajada, el juego en el piso con nuestros hijos, ratos distendidos sin llamadas telefónicas, mensajitos de textos o mails urgentes.

Obviamente, esto nos hace re-aprender muchas cosas más que un simple correcto lavado de manos. Nos vemos obligados a reorganizarnos internamente, a reconstruir espacios con nuestros afectos. Quizás sea un buen momento para parar y ver cómo era la calidad de nuestros intercambios cotidianos y nos permita mejorarlos, aprenderlos, trabajarlos, ejercitarlos.

Por qué no plantearnos esto como una posibilidad para reestablecer canales de comunicación y explorar en nuestro interior, y ver qué tan difícil o gratificante puede resultar esta experiencia.

Sabemos que no es fácil, pero es un desafío que nos puede nutrir y hacer crecer en esta hermosa pero ardua tarea de ser padres. Recordemos que no nacemos sabiendo cómo ser mamá o papá, pero podemos poner de nosotros lo mejor para serlo.

A continuación y a modo de orientación, intentaremos dar algunas ideas para sobrellevar estos momentos y reconstruir lo cotidiano, quizás desde un espacio más íntimo y sereno.

Jornadas con los niños. La clave: Organizar el día

Si bien es deseable que mantengan lo más cercano posible el horario real al habitual, pretender arrancar el día a las 7 a.m. puede ser complicado e innecesario. Es más operativo que mantengan un horario cercano a las 8 o 9 de la mañana.

Establecer momentos pautados para diferentes actividades, por ejemplo: desayunar, luego realizar las tareas que le enviaron desde la escuela. Proponemos la mañana para realizar lo de la escuela porque es óptimo el nivel atencional a esas horas, cuando los niños están más descansados.

Por la tarde, se puede planificar la realización de otra tanda de tareas, quizás las que le resulten menos engorrosas al niño. Armando luego espacios para leer, hacer esculturas con plastilina, masa o arcilla, pintar, armar rompecabezas, collage usando diferentes materiales, cocinar, ver películas, jugar con la PC, con burbujas, con globos, con pelotas, etcétera.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando los padres deben trabajar y no son ellos los que están para supervisar el cumplimiento de la rutina?

Dependerá de los padres ver si quien se hace cargo de los niños está capacitado para asumir ese rol, u optar por delegar las tareas en algún maestro particular, quedando de esta manera cumplido el objetivo escolar, y por otro lado dejando tiempo disponible para compartir tiempo de esparcimiento con los hijos.

En el consultorio, con mucha frecuencia aconsejamos a los padres de nuestros pacientes que, cuando tienen dificultades a la hora de ayudarlos a cumplir con la tarea, se apoyen en un docente particular. Esto puede ser más costoso a nivel económico, pero por un lado, seguramente a los niños les rinde mejor el tiempo dedicado a la labor escolar, y por otro lado, a padres e hijos les quedan reservados los otros momentos para relacionarse en forma más relajada.

Esto lo llamamos “limpiar el vínculo”, ya que en general, las madres son las encargadas de estar detrás del niño todo el día diciéndoles lo que tienen que hacer y de qué manera, y procurando cumplir con la larga lista de actividades tales como cena, cepillado de dientes, baño, preparación de mochilas, uniformes, sueño y demás. Eso les deja habitualmente poco tiempo disponible para sentarse en el piso y jugar o compartir un juego de mesa, una película o aprender a jugar con ellos en la computadora.

Recomendamos aprovechar estos días para sumergirse en la divertida tarea de crear, imaginar, pintar, leer, jugar y disfrutar al máximo de tu hijo. Destacamos que como recomendación para fortalecer la autoestima de los hijos en un contexto de sana comunicación, se aconseja dedicar veinte minutos como mínimo a juego en el piso con ellos.

Esto no sólo es beneficioso para los niños, sino también para los padres, ya que por veinte minutos dejamos de lado obligaciones y estrés cotidiano, recuperando un espacio saludable para reír, relajarnos y compartir con los seres mas amados: nuestros hijos.

(*) Licenciada en Psicopedagogía en la Universidad de Flores. La columnista cursó postgrados sobre salud mental en educación, evaluación psicológica, y detección y tratamiento de desórdenes del desarrollo, déficit atencional, impulsividad, y ansiedad en niños y adolescentes. En la actualidad, es directiva y coordinadora de programas de la Fundación Argentina de Rorschach, está a cargo del área psicopedagógica del jardín maternal del Hospital de Clínicas, y forma parte del equipo de Hémera.

Más información en www.hemera.com.ar e info@hemera.com.ar

miércoles, 1 de abril de 2009

Claves para enfrentar la sensación de inseguridad, por la Licenciada Patricia Gubbay de Hanono (*)

El tema de la inseguridad ocupa en estos días un lugar muy importante en los medios de comunicación. Se suelen relatar con todo detalle los hechos delictuosos, se reiteran las noticias hasta la saturación; y la repetición de los delitos se relaciona, sin proponer soluciones concretas, con fallas recientes o pasadas de las administraciones de turno, se descreen, de un bando y de otro, las estadísticas oficiales y privadas.

Digamos para simplificar que hay dos bandos: los que creen que el delito en nuestra sociedad está creciendo en forma incontrolada y los que insisten en que la sociedad tiene una “sensación de inseguridad” y que la seguridad se mantiene, en el peor de los casos, dentro de los límites históricos. Nuestro objetivo no es dilucidar donde está la verdad, puesto que no tenemos los medios para hacerlo. Lo que queremos ver aquí es cuáles son las consecuencias de la “sensación de inseguridad” y destacar los efectos que genera.

Hay que prestar atención a esta “sensación de inseguridad” o miedo porque las sensaciones o emociones, son adaptativas, preparan para la acción. Son, además, funcionales pues alertan, en el caso del miedo, sobre la desproporción que existe entre la magnitud de la amenaza que creemos que nos asecha y los recursos con que contamos para hacerle frente.

Cuando sentimos que la amenaza a nuestra seguridad es constante los niveles de ansiedad se elevan. Existe una ansiedad que es normal y otra que es patológica para el individuo y para el sistema. La ansiedad normal es necesaria para permitirnos llevar a cabo las acciones de la vida cotidiana. De no existir nuestra vida correría peligro.

Cuando la ansiedad se vuelve muy elevada, se convierte en patológica. Empiezan a aparecer síntomas como la taquicardia, falta de aire, mareos, todas señales que por lo general van acompañadas de pensamientos catastróficos. En estas condiciones, llevar una vida normal de trabajo, de relación, de esparcimiento se hace difícil y problemático.

Como paliativo a la sensación de inseguridad se toman cada vez más recaudos, casi en forma obsesiva. Quienes pueden se mudan a barrios cerrados, instalan sistemas automáticos de vigilancia, blindan sus automóviles y las puertas de sus viviendas, colocan alarmas... Sin embargo, ninguna de estas acciones logra devolver la tranquilidad, pues el mundo parece cada vez más peligroso y temible. Se instrumentan nuevas medidas defensivas que finalmente seguirán propagando y profundizando el miedo.

El ciudadano se siente indefenso, el Estado parece impotente ante la ola de violencias, robos, asesinatos, secuestros... parece no saber dar respuesta a las necesidades de la comunidad. La solidaridad social deja de existir, los individuos se aíslan aún dentro de su comunidad restringida, que hasta el momento había sido percibida como su única fuente de seguridad y sostén.

Más grave aún es cuando las personas y sus familias se ven afectadas directamente por la violencia en sus diferentes formas, desde el arrebato de la cartera a una mujer hasta las más traumáticas, como el asesinato de un familiar o el secuestro o ser tomado como rehén. Las consecuencias pueden ser devastadoras. Se pueden desarrollar síntomas como la dificultad para conciliar el sueño, la hipervigilancia, la dificultad para concentrarse. Se pueden producir respuestas exageradas de sobresalto, irritabilidad, malestar psicológico intenso, miedo psicológico intenso. En algunos casos las personas sometidas a este tipo de violencia pueden desarrollar un trastorno por estrés post traumático. Los síntomas hacen que la vida de estas personas se deteriore notablemente.

¿Qué hacer frente a esta realidad que se nos impone y que lejos de solucionarse crece de forma desproporcionada?

En los casos más graves, quienes han sido víctima de violencia, robo, violación, etcétera, y que como consecuencia tienen los síntomas de los que hablamos antes tienen que hacer una consulta con un terapeuta especializado.

Es conveniente tomar conciencia de que algunos de estos incidentes pueden ocurrir en nuestra realidad. Esto ayuda a que disminuya el factor sorpresa y la posibilidad de trauma. Hay que tomar también conciencia e incorporar la idea de que los riesgos pueden reducirse pero nunca pueden ser eliminados totalmente. En la mayoría de los casos después de haber sufrido una violencia se adquiere la sensación de que algo puede y debe hacerse. Esto ayuda a disminuir la sensación de impotencia.

Además, hay que tener presente que ocuparse en lugar de preocuparse es una de las formas de bajar la ansiedad. La colaboración con los vecinos, la integración a la comunidad, la participación como ciudadano para resolver los problemas compartidos nos hace sentir que formamos parte de un todo más amplio y más fuerte, un todo más apto para enfrentar los desafíos de la inseguridad. En este caso, sentiremos que el todo es más que la suma de las partes, que los peligros que nos asechan han tomado una dimensión menor, más controlable.

(*) La autora (foto) es directora de Hémera - Centro de estudios del estrés y la ansiedad. Virrey Loreto 1520 - 4° B, Belgrano, CABA. Teléfono: (011) 4784-3922. www.hemera.com.ar