miércoles, 5 de agosto de 2026

Caja chica: ¿por qué el efectivo es un hábito caro en tiempos de digitalización?, por Ariel Picciolo (*)

En la Argentina, la eliminación de la caja chica en efectivo ya no es solo una recomendación empresarial: es una política pública en marcha. 

El Ministerio de Economía y la Secretaría de Hacienda redujo los límites de uso de efectivo en fondos rotatorios y cajas chicas, lo cual obliga a las organizaciones a migrar hacia pagos electrónicos y tarjetas corporativas.

La caja chica persiste en muchas empresas argentinas por costumbre, desconocimiento y dispersión operativa. Aunque la mayoría de los pagos ya son digitales, sectores como construcción, transporte, agro y oil & gas todavía dependen del efectivo para gastos en campo. 

El problema es que este modelo consume tiempo administrativo, multiplica errores y genera una pérdida recurrente de comprobantes. Pero mientras el sistema manual funcione, cuesta encontrar incentivos para cambiarlo. Sin embargo, el contexto regulatorio argentino acelera esa transformación.

La Resolución 78/2026 de la Secretaría de Hacienda estableció que los organismos públicos deben reducir el uso de efectivo y cheques a menos de 20 % de sus pagos en fondos rotatorios en un plazo de 180 días, y luego a 10 %

Quienes incumplan enfrentan penalidades en la reposición de fondos. 

El objetivo consiste en incrementar la trazabilidad y transparencia, y reducir la circulación de dinero físico, más susceptible a irregularidades. 

Detrás de la caja chica hay un costo oculto que rara vez aparece en los balances. Reponer fondos, entregar anticipos, solicitar comprobantes, controlar tickets, conciliar gastos y resolver diferencias consume una cantidad significativa del tiempo de los equipos administrativos. Son tareas repetitivas, de bajo valor agregado y con alto margen de error. 

En empresas con personal en campo o en múltiples locaciones, una parte importante de la semana laboral puede destinarse simplemente a perseguir documentación. 

Existen herramientas que permiten digitalizar no solo el pago, sino todo el circuito de gestión del gasto: tarjetas corporativas virtuales que asignan fondos inmediatos, rendiciones en tiempo real con comprobantes asociados y extracciones controladas para los casos donde el efectivo aún es necesario. 

En paralelo, organismos como el Senado de la Nación ya actualizaron su normativa para incorporar tarjetas de débito corporativas y limitar la caja chica a situaciones de urgencia, a fin de reforzar la idea de que el efectivo debe ser la excepción y no la regla. 

El primer paso recomendado para las empresas es dejar de pagar en efectivo los viáticos y gastos de combustible de equipos en campo. Son gastos recurrentes, distribuidos y difíciles de controlar manualmente, pero al digitalizarlos se logra más trazabilidad, más comprobantes recuperados, menos tiempo administrativo perdido y mayor visibilidad sobre el gasto operativo. 

Y esa visibilidad tiene un valor estratégico. Una organización que conoce sus gastos en tiempo real puede detectar desvíos, corregirlos y tomar decisiones con información actualizada. Una compañía o entidad que depende de la caja chica tradicional se entera semanas después, cuando el dinero ya salió y la documentación llegó incompleta. 

En definitiva, la discusión no es si la caja chica debe desaparecer, sino cómo transformarla en un sistema más eficiente y transparente. Persistir en el efectivo es sostener un hábito caro e innecesario. Apostar por la digitalización es alinearse con las políticas públicas, ganar en control y confianza, y liberar recursos para lo que realmente importa: el crecimiento de la empresa. 

(*) El columnista -foto- es director comercial de Kuru.

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